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Ralsina.Me — El sitio web de Roberto Alsina

Novedosos carros sin caballos: ¿Buenas noticias para los malos jinetes?

Pri­me­ro lo ob­vio: sí, por su­pues­to que es una bue­na no­ti­cia pa­ra los ma­los es­cri­to­res [1] igual que el mo­tor de com­bus­tión in­ter­na fue una bue­na no­ti­cia pa­ra los ma­los ji­ne­tes, pe­ro no só­lo pa­ra ello­s, es una bue­na no­ti­cia pa­ra ca­si to­do­s.

Con­si­de­re­mos al­gu­nas ci­tas de la no­ta:

[E]n los úl­ti­mos me­ses los au­to­res con­de­na­dos a la au­toe­di­ció­n, ya fue­ra por la ba­ja ca­li­dad de sus tex­tos o la mio­pía de los edi­to­res, han ha­lla­do en los Es­ta­dos Uni­dos a in­con­ta­bles al­mas ca­ri­ta­ti­va­s; a em­pre­sas dis­pues­tas a fa­ci­li­tar­le­s, en so­por­te elec­tró­ni­co, la edi­ción que so­bre pa­pel les era ne­ga­da.

Bue­no sí, al ser pu­bli­car en elec­tró­ni­co ca­si gra­tis y ven­der­se a un pre­cio, va a au­men­tar la de­man­da de co­sas a pu­bli­ca­r, por­que su­be el mar­gen. Se pue­den "im­pri­mi­r" cien­tos de li­bros con lo que cos­ta­ba uno.

Has­ta aho­ra ob­vio, pe­ro más o me­nos cer­ca de la rea­li­da­d. No du­ra:

Es­te pro­gre­so tie­ne sus dam­ni­fi­ca­do­s. En pri­me­ra ins­tan­cia son los edi­to­res tra­di­cio­na­le­s, que ven de­bi­li­tar­se su po­der so­bre la se­lec­ció­n, la pro­duc­ción y la dis­tri­bu­ción del li­bro.

Uy, que te­rri­ble. Su­pon­go que se sien­te feo que tu tra­ba­jo se vuel­va ob­so­le­to. Cla­ro, los mon­jes co­pis­tas se­gu­ro que pen­sa­ron lo mis­mo cuan­do apa­re­cie­ron los im­pren­te­ros edi­to­res y anexo­s. El cu­rro du­ró 500 año­s, es más que la ma­yo­ría.

La idea de que el li­bre ac­ce­so a las re­des so­cia­les elec­tró­ni­cas nos con­vier­te a to­dos en mú­si­co­s, en pe­rio­dis­tas o es­cri­to­res si­gue ga­nan­do pe­so. Y, en pa­ra­le­lo, el pa­pel de aque­llos que no ha­ce tan­tos años pa­re­cían lla­ma­do­s, mer­ced a su for­ma­ció­n, a ca­na­li­zar el de­sa­rro­llo del en­tre­te­ni­mien­to, la in­for­ma­ción o la cul­tu­ra, si­gue re­du­cién­do­se.

Yo es­toy com­ple­ta­men­te en contra de la idea mis­ma del pe­rio­dis­mo im­par­cia­l. No hay ni hu­bo nun­ca un pe­rio­dis­ta im­par­cia­l, así que pa­ra qué ha­cer la mo­ris­que­ta de que cla­ro, no sos im­par­cial pe­ro ha­cés co­mo que sí, yo ha­go co­mo que te creo y tra­to de ver adón­de me que­rés me­ter el pe­rro­... can­sa.

Así que yo, un ti­po per­fec­ta­men­te par­cial te va a de­cir POR SU­PUES­TO, CHU­PA­TIN­TAS OM­BLI­GO­CÉN­TRI­CO. To­dos es­cri­ben aho­ra, to­dos son es­cri­to­res. El ado­les­cen­te pro­me­dio es­cri­be mu­cho más que cuan­do yo era ado­les­cen­te. ¡El mis­mo me­dio de co­mu­ni­ca­ción con sus pa­res ha mi­gra­do de oral a es­cri­to! Sí, a no­so­tros los jo­va­tos nos pa­re­ce ho­rri­ble co­mo es­cri­be­n, pe­ro eso es por­que so­mos di­no­sau­rios.

Vos es­tás es­cri­bien­do so­bre el dra­ma de los su­bge­ren­tes en la fá­bri­ca de re­ben­ques en vez de es­cri­bir so­bre au­tos.

¡Que te crez­ca un par de hue­vo­s, ad­mi­tí que te ca­gás en las pa­tas por­que sos­pe­chás que el pe­rio­dis­mo no va a ser ren­ta­ble en 20 años y lis­to! ¡No me ven­gas con la po­se!

Mien­tras tan­to, los de­más nos va­mos a di­ver­tir con la in­men­sa ri­que­za de es­cri­tu­ra (bue­na y ma­la) in­com­pa­ra­ble con otro mo­men­to en la his­to­ria de la ci­vi­li­za­ció­n.

La ceremonia del té en Buenos Aires

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Yo me sien­to en la me­sa de la ven­ta­na de La Fa­ro­la y el mo­zo me trae (sin que lo pi­da) un cor­ta­do en ja­rri­to con tres fac­tu­ras sur­ti­da­s. Ahí leo el dia­rio (de atrás pa­ra ade­lan­te), pa­go y me voy a tra­ba­jar a ca­sa.

Em­pe­za­ría ca­da día de esa for­ma si pu­die­ra. Es un gran co­mien­zo de la jor­na­da. Me ha­ce em­pe­zar re­la­ja­do. Po­ne una fron­te­ra en­tre el pa­pá que lle­va el ne­ne al jar­dín y el em­pe­zar el tra­ba­jo, aun­que lo ha­ga en ca­sa.

Los ri­tua­les son có­mo­do­s. Son bue­nos pa­ra to­do­s. Por otro la­do, son una por­que­ría, des­per­di­cian re­cur­sos y son un pro­ble­ma.

Se­gu­ro, mi ca­fé+­dia­rio es­tá bue­no, pe­ro me cues­ta $15 al día, o sea más de $5700 al año, o bas­tan­te más de la mi­tad de lo que cues­ta el co­le­gio de mi hi­jo, así que lo ha­go una vez por se­ma­na, y el res­to del tiem­po me com­pro las mis­mas mal­di­tas fac­tu­ras y to­mo el ca­fé en ca­sa, le­yen­do el dia­rio en la ne­tbook (La­men­ta­ble­men­te no hay ma­ne­ra de leer el dia­rio de atrás pa­ra ade­lan­te en in­ter­ne­t).

Lo que pa­só es que me di cuen­ta que caí en una ru­ti­na, de­ci­dí si ser­vía un pro­pó­si­to útil (sí), es­ti­mé el cos­to­($5700/a­ño) y de­ci­dí que no me con­ve­nía. Eso es ac­tuar ra­cio­nal­men­te, y mi elec­ción me pa­re­ce co­rrec­ta. Lo me­jor no es si­quie­ra el di­ne­ro aho­rra­do, sino sa­ber que es­toy pres­tan­do aten­ción.

Ayer es­ta­ba le­yen­do un dia­rio que no de­be­ría leer [1] y me cru­cé con un ar­tícu­lo de re­lleno so­bre en­se­ñar pro­to­co­lo del té a chi­cos (en rea­li­dad ne­na­s) de 6 a 13 año­s, en un té en el Al­vea­r.

Es una pa­va­da sin sen­ti­do, pe­ro es la cla­se de sin­sen­ti­do que me saca, acá hay al­gu­nas ci­ta­s:

"O­tra ni­ña pi­dió azú­ca­r, a pe­sar de que lo co­rrec­to es no en­dul­zar el té."

A la ho­ra de un­tar el sco­ne o la tos­ta­da, nun­ca hay que ha­cer­lo com­ple­ta­men­te. "Hay que po­ner el dul­ce só­lo en la por­ción que se va a co­mer y nun­ca di­rec­ta­men­te del po­te. Pri­me­ro se po­ne un po­co de dul­ce en el pla­to y des­pué­s, se un­ta el pan"

...­la pan­za del te­ne­dor des­can­sa se­gún lo que se aca­ba de co­me­r: ha­cia aba­jo, si se co­mió una tor­ta, o ha­cia arri­ba, si, por ejem­plo, se ter­mi­nó de co­mer una por­ción de car­ne...

Aun­que pa­rez­ca no­ve­do­so, el pro­to­co­lo pa­ra ni­ños tie­ne 500 años de his­to­ria. El pre­cur­sor fue el hu­ma­nis­ta ho­lan­dés Eras­mo de Ro­tter­da­m, que, en 1530, pu­bli­có un tra­ta­do de ci­vi­li­dad di­ri­gi­do a to­dos los ni­ño­s, so­bre to­do los de la cor­te, en el que pre­sen­ta­ba un có­di­go co­mún de com­por­ta­mien­tos pa­ra fa­ci­li­tar las in­te­rac­cio­nes so­cia­le­s...

Por dón­de em­pie­zo­... que tal ¿es­ta gen­te se da cuen­ta que es­to es un sin­sen­ti­do in­ven­ta­do? ¿La pan­za del te­ne­dor pa­ra arri­ba o pa­ra aba­jo? ¿El dul­ce en el pla­to? ¿Té amar­go pa­ra ne­nas de 6? ¿E­ras­mo de Ro­tter­dam en 1530?

Es­to es ri­tua­l. Es ri­tual sin sig­ni­fi­ca­do. ¿Si no vi­vi­mos en la cor­te ho­lan­de­sa de 1530, por­qué de­be­ría pa­re­cer­nos "co­rrec­to" ac­tuar co­mo ello­s? ¿Por­qué no ac­tuar co­mo ma­rro­quíes del si­glo 20 y co­mer con la ma­no de­re­cha? ¡Por lo me­nos la co­mi­da ma­rro­quí es sa­bro­sa, no co­mo los sco­nes!

Por su­pues­to que no es­toy en contra de usar una ser­vi­lle­ta en vez de chu­par­te los de­dos (pe­ro si te los chu­pás no te voy a de­cir na­da, y más va­le que si no hay ser­vi­lle­tas lo pien­so ha­ce­r), pe­ro to­das esas re­glas sin ex­pli­ca­ción son exac­ta­men­te lo que un chi­co no tie­ne que re­ci­bi­r.

Sí a ve­ces hay que plan­tar­se y de­cir "se ha­ce así y no te lo pue­do ex­pli­car to­da­vía" pe­ro esa es la ex­cep­ción y no la re­gla.

¿Por qué hay que user ser­vi­lle­ta? Por­que si no te­nés los de­dos pe­ga­jo­sos y de­jás mar­ca­s. ¿Por qué el te­ne­dor va siem­pre en el pla­to? Por­que no ten­go ga­nas de la­var dos man­te­les al día. ¿Por qué la mer­me­la­da va del fras­co a la tos­ta­da? Por­que no quie­ro so­bran­tes de mer­me­la­da en el pla­to, gra­cia­s.

Si les en­se­ñás a los chi­cos que hay mon­to­nes de re­glas ar­bi­trrias sin mo­ti­vo, aún en co­sas in­sig­ni­fi­can­tes co­mo el té, les es­tás dan­do un mal há­bi­to, les es­tás en­se­ñan­do que la au­to­ri­dad es la ra­zó­n, que el há­bi­to es la ver­da­d, que la tra­di­ción es la le­y.

Y si ha­cés eso (que zeus te par­ta) en­ton­ces ca­paz que ellos tam­bién lo ha­gan, y los ri­tua­les se cal­ci­fi­can y ter­mi­nás con un país lleno de ta­ra­dos con cá­ma­ras de eco en vez de opi­nio­nes.

La ri­tua­li­za­ción de co­sas co­mu­nes es un sig­no de de­ca­den­cia en la so­cie­da­d. Mien­tras más se ri­tua­li­zan las co­sas sen­ci­lla­s, me­nos es­tás pen­san­do pen­sa­mien­tos com­ple­jo­s, más des­per­di­ciás tu men­te en lo tri­via­l.

Así que da­me un gus­to, co­mé­te una tor­ta y de­já el te­ne­dor pan­za arri­ba. O me­jo­r: no mi­res co­mo que­da, y que no te im­por­te.

Alguna gente carece de sentido de la proporción

Len­gua­je

Las dis­cu­sio­nes acer­ca de co­mo es­cri­bir un li­bro téc­ni­co en cas­te­llano son eter­na­s. Que en Es­pa­ña se tra­du­ce to­do to­do to­do. Que en Ar­gen­ti­na no. Que de­cir "ca­de­na de ca­rac­te­res" en lu­gar de string es ma­lo pa­ra la eco­lo­gía.

Por suer­te en es­te li­bro hay un úni­co cri­te­rio su­pe­ra­dor que oja­lá otros li­bros adop­ten: Es­tá es­cri­to co­mo es­cri­bo yo. Ni un po­qui­to dis­tin­to. No creo que si­quie­ra ca­li­fi­que co­mo cas­te­lla­no, co­mo mu­cho es­tá es­cri­to en ar­gen­tino. Si a los lec­to­res de la ex ma­dre pa­tria les mo­les­ta el es­ti­lo­... tra­dúz­can­lo.

Y hoy re­ci­bí es­te email (no un co­rreo­-e!):

Salu­do­s:

Es­ta­ba le­yen­do su tu­to­rial has­ta que lle­gué al pá­rra­fo don­de nos re­cri­mi­na o pa­re­ce que le mo­les­ta que en Es­pa­ña se tra­duz­ca to­do to­do to­do y Ar­gen­ti­na na­da. Pues co­mo lec­tor de la ex-­ma­dre pa­tria de­cir­le [si­c] que nos gus­ta es­cri­bir en nue­tro idio­ma y que no so­lo no me voy a mo­les­tar en tra­du­cir del ar­gen­tino al es­pa­ñol sino que ni si­quie­ra voy a leer su ho­rri­ble ar­gen­tin­glis­h. Un fa­vo­r, apren­ded bien el in­glés y de­jar de mal­tra­tar al vie­jo idio­ma es­pa­ño­l. Ya sa­be: un ar­gen­tino es un ita­liano que ha­bla es­pa­ñol (o eso di­cen) y que se cree ¡in­glé­s!. Bús­quen­se un si­coa­na­lis­ta de los que tan­to pa­re­ce que tie­nen por allí a ver si su­pe­ran el com­ple­jo de in­fe­rio­ri­dad y de­jan de odiar tan­to.

Res­pon­dí en un tono ade­cua­da­men­te in­sul­tan­te (re­cuer­do de­cir que me pa­re­cía una re­ve­ren­da pe­lo­tu­dez lo que de­cía), pe­ro que­ría com­par­tir que hay gen­te que es­tá tan mo­les­ta de que uno no es­cri­ba un li­bro co­mo ellos quie­ren que no tie­ne pro­ble­mas en in­sul­tar al país de uno. ¡Pe­ro el que odia es uno! ¡Qué di­ver­ti­do!

City

Review:

A bit old fash­ioned but in­ter­est­ing.


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