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Ralsina.Me — Roberto Alsina's website

Londres Días 3-4-5

Día 3: Westminster, Chipaca, Chinatown

POST CON ES­TREL­LA IN­VI­TADA, ROSARIO GUER­RERO QUE ME DIC­TA

El día lunes 22 de julio ar­ran­camos tem­pra­no con la idea de ir a la abadía de West­min­ster. Co­mo no es muy lejos del de­par­ta­men­to fuimos cam­i­nan­do por Vic­to­ria Street has­ta West­min­ster sta­tion porque ahí salía el tour de Lon­don Walk­s.


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Cuan­do lleg­amos de­s­cub­ri­mos que no teníamos su­fi­ciente efec­ti­vo para pa­gar el tour y las en­tradas a West­min­ster, así que mien­tras Rosario de­mor­a­ba a la guía, yo trota­ba ha­cia el ca­jero más cer­cano, den­tro de la estación, que ob­vi­a­mente, no fun­ciona­ba.

Co­mo pen­sábamos que no llegábamos al tour, di­mos una vuelti­ta, y nos sacamos la fo­to obli­ga­to­ria con el Big Ben porque si no uno parece que no vi­no a Lon­dres, vio?

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Res­ig­na­dos a que íbamos a ten­er que hac­er tres cuadras de co­la y in­ven­tar las de­scrip­ciones de quién es­ta­ba en­ter­ra­do dón­de, fuimos ha­cia la abadía, y vi­mos un ban­co en la es­quina. Saqué plata, y pescamos al tour cuan­do es­ta­ba en el Dean's Yard, que es la en­tra­da para tours.

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Esa es menos de la mi­tad de la co­la que te ahor­rás si pagás el tour.

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La en­tra­da al Dean's Yard.

Los con­venci­mos y nos dieron los braza­letes, y en­tramos. No hay fo­tos del in­te­ri­or porque es­tá es­tric­ta­mente pro­hibido, y si sacás una fo­to, viene dios, y te cas­ti­ga.

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Fo­to atea 1

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Fo­to atea 2

Los paseos de Lon­don Walks es­tán buenos, son cam­i­natas con vieji­tos lo­cales co­mo guías que se no­ta que tienen mucha can­cha y miles y miles de tours enci­ma. Parece que en West­min­ster en­ter­raron mucha gente famosa, y a los que no los en­ter­raron les pusieron una pla­ca con­mem­o­ra­to­ri­a, así que es­tá lleno de nom­bres famosos.

Ya al prin­ci­pio ves una sil­la, que se usa en las coro­na­ciones, que es el mue­ble más an­tiguo de Inglater­ra que aun se usa para el fin orig­i­nal (sen­tarse), da­ta del siglo... hace mu­cho, y es­tá cu­bier­to de grafi­ti, porque los pibes de la es­cuela de West­min­ster se es­capa­ban en los recre­os para ir a fir­mar­lo. De he­cho has­ta hace rel­a­ti­va­mente poco, por unas li­bras te de­ja­ban sen­tarte, pero Inglater­ra es much menos cool que hace un­os años. Porque no me de­jaron.

A mí (Rober­to) me dió co­mo una emo­ción ver las tum­bas de New­ton y Dar­win ahí una al la­do de la otra. Lamentable­mente no da­ba para fo­to, New­ton no se ponía en pose. Di­jo la guía que hace un tiem­po habían puesto un poster ex­pli­can­do que to­do lo que dice el li­bro "El códi­go Da Vin­ci" ac­er­ca de la tum­ba de New­ton es­tá mal.

En­tramos por muchas capil­las en el costa­do de la cat­e­dral, que al pare­cer si tenías su­fi­ciente mosca, te pedías un ca­cho de cat­e­dral para vos, y te la da­ban. En esas capil­las hay di­ver­sas tum­bas y en un­a, que es la capil­la de Ed­uar­do el con­fe­sor (úni­co rey británi­co que es san­to) es­tá la tum­ba de otro rey, que es­ta­ba to­da en­cha­pa­da en oro.

Se puede es­ti­mar la es­tatu­ra máx­i­ma del in­glés me­dieval en base a la al­tura has­ta la que pudieron afa­narse el en­cha­pa­do cuan­do el chan­cho no mira­ba.

Pasamos por el coro, por el lu­gar donde se en­cuen­tran los cas­cos y es­tandartes de los miem­bros de la Or­der of the Bath (or­den del baño), que según la guía tenían car­ac­terís­ti­cas dis­tin­ti­vas para per­mi­tir re­cono­cer al dueño en batal­la. Por ejem­plo, un pelí­cano de 45 cm con las alas de­sple­gadas pin­ta­do de blan­co bril­lante. Sí, te van a re­cono­cer, y vas a es­cuchar "mirá al pere­jil ese con el pelí­cano en la sabi­o­la".

De ahí se pasa a la es­quina de los po­et­as, los es­critores, los dra­matur­gos, etc. Y se sale a los claus­tros donde ya a dios no le mo­les­ta el flash y se puede sacar fo­to­s.

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Por eso hay fo­to de Rosario con la supues­ta puer­ta más an­tigua de Gran Bre­taña.

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Sí, es lin­do to­do.

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Si no me pude sacar fo­to con New­ton, me saco con Hal­ley.

Sal­imos, y Rosario se me es­ta­ba am­pol­lan­do, así que nos fuimos a un Boots (que por suerte hay en to­dos la­dos) y nos com­pramos la cosa mas mar­avil­losa del primer mundo, que son las cu­ri­tas mar­ca Com­peed un­os sand­wich­es etc y nos fuimos a al­morzar en unas es­cali­natas frente al Táme­sis.

Nos tomamos un bon­di a Pi­cadil­ly, com­pramos ropa de­porti­va para Tato en Lily­whites, y de­spues otro colec­ti­vo al de­par­ta­men­to para des­cansar antes de salir a la noche.


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Habíamos ar­reglado para en­con­trarnos con John Lenton en un pub lla­ma­do "Cask" en Pim­li­co. Se prendieron en la sal­i­da Fede Heinz y An­tho­ny Lenton, y ahí, en nues­tra primera y úl­ti­ma (has­ta aho­ra) in­cur­sión a un pub, tomamos una pin­ta, y comi­mos un ki­lo de pa­pas fritas.

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Les pre­gun­ta­mos a los na­tivos "¿Dónde se puede ir a com­er?" a lo que re­spondieron con mi­ra­da in­cré­du­la "son las nueve de la noche, a ningún lado". Bueno, WRONG. Yo creía recor­dar que en Ox­ford había al­go de movimien­to a la noche (ja!) y sal­imos para al­lá. No so­lo no habia movimien­to, si no que no había ab­so­lu­ta­mente na­da abier­to más que un triste sub­way sin asien­tos, donde hu­biéramos po­di­do com­prar un sand­wich para com­er es­ti­lo home­less en un um­bral.

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Lu­na román­ti­ca en cielo aún azul a las 21:14 de la fuck­ing noche porque no os­curece jamás.

Co­mo Rosario tiene la idea de pro­bar la may­or can­ti­dad de coci­nas exóti­cas que en­cuen­tre en el vi­a­je, yo le di­je "Chi­na­town es­tá acá nomás" (no) y seguimos cam­i­nan­do una can­ti­dad ridícu­la de cuadras so­bre nue­stros ca­da vez más am­pol­la­dos pies.

Por suerte hay dos ne­go­cios en Chi­na­town que tienen una li­cen­cia es­pe­cial que les per­mite vender co­mi­da has­ta la 1 AM. En­tramos en uno de el­los, y le ped­i­mos a la ca­mar­era más mala on­da im­por­ta­da del ori­ente el menú de de­gustación con crispy duck.

La sopa hot and sour casi as­esina a mi mu­jer, que no pu­do pasar de la ter­cera cucharada, pero de­spués mejoró mu­cho. El crispy duck es­ta­ba muy bueno, y un­os platos de cer­do kun-­pao, carne re­boza­da en chile agridulce y ver­du­ri­tas al va­por es­ta­ban muu­u­u­u­uy buenos, ya sa­ci­a­dos bus­camos co­mo volver.

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Nótese la ab­so­lu­ta ausen­cia de mar­ket­ing del que hace los menúes. Por otro lado, nadie puede criti­car­le la pre­cisión al de­scribir el pla­to co­mo "san­gre de pa­to con órganos in­ter­nos sur­tidos". No, no pen­samos com­er es­o.

Bon­di al dep­to, y so­bre.

Día 4: Fiaca, Tower Bridge, Jack the Ripper Tour

Si mi­ran los ma­pas del Día 3, verán que cruzamos Lon­dres de un la­do a otro co­mo bor­ra­chos al volante de un he­licóptero. Eso es más ago­ta­dor de lo que po­dría es­per­arse, por lo cual el cuar­to día en­tre las am­pol­las, los calam­bres y el do­lor, nos quedamos ha­cien­do fi­a­ca has­ta las 4P­M.

Ahí jun­ta­mos es­píritu turís­ti­co y sal­imos en colec­ti­vo ha­cia el Tow­er Bridge.

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Es un muy lin­do puente. Ya era muy tarde para ir a vis­i­tar la sala de máquinas, pero la vista del Táme­sis hi­zo que va­liera la pe­na.

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Vi­mos la Torre de Lon­dres des­de afuer­a, y cam­i­namos has­ta la estación de Tow­er Hill, que es des­de la que salen los tours de Jack the Rip­per. Hay mon­tones, y salen mas o menos ca­da quince min­u­tos, nosotros fuimos con el de Lon­don Walks porqu habíamos tenido bue­na ex­pe­ri­en­cia en West­min­ster.

Al­gunos guías van car­ac­ter­i­za­dos, el nue­stro (Paul) se car­ac­ter­i­z­a­ba por un as­pec­to de lo­co bas­tante im­pre­sio­n­an­te:

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Supon­go que hac­er el tour cuan­do fal­tan tres ho­ras para que os­curez­ca, le qui­ta at­mós­fera a la cosa, pero es di­ver­tido. Es un cur­ro, ya que gra­cias a los ale­manes no que­da ab­so­lu­ta­mente na­da en pie que ten­ga re­mo­ta­mente que ver con Jack the Rip­per, por lo cual el tour con­siste en cam­i­nar en­tre ed­i­fi­cios mod­er­nos de vidrio mien­tras te de­scriben una cosa com­ple­ta­mente dis­tin­ta.

De to­das for­mas, Paul es un gran con­ta­dor de cuen­tos, y la his­to­ria es muy in­tere­sante. No sé si es para to­do el mundo, y si te to­ca un guía medio zopen­co es tirar la pla­ta. Pero Paul es bueno.

El tour ter­mi­na en Spi­tal­fields Mar­ket, con lo que con Rosario em­pezamos a sen­tir in­ten­sos ataques de de­ja-vu, ya que ca­da lu­gar al que íbamos ya habíamos es­ta­do. De­cidi­mos tachar un ítem de la lista de cosas que hay que hac­er en Lon­dres e ir a com­er fish & chip­s.

Ca­sual­mente había uno ahí cer­ca (o no tan­to porque hay en to­das partes) que se lla­ma Pop­pie's y se au­to­pro­mo­ciona co­mo el mejor fish & chips del East End. Ri­co. Re­cuer­den que Had­dock es Mer­luza, y no co­man la mis­ma mi­lan­ga de pez con fritas que sir­ven en Ar­genti­na. Yo comí plaice y Rosario un pla­to mix­to con ba­calao, cala­mar, ca­marón y white­bait (en­tre nosotros, in­dis­tin­guibles del cor­nal­i­to).

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Rosario en­con­tró su nue­vo lema.

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Los postres. Oh, dios, los postres.

Imag­i­nen una em­pana­da de masa criol­la de man­zana acom­paña­da de una cuchara­di­ta de hela­do de na­da. Ese es el mejor de los dos postres que ped­i­mos. El otro era un Sticky Tof­fee Pud­ding, que tenía el as­pec­to de haber es­ta­do den­tro de un gato con mala salud me­dia ho­ra an­tes, y haber si­do re­ca­len­ta­do en un mi­croon­das du­rante alrede­dor de 15 min­u­tos. Tam­bién servi­do con el mis­mo helado, no era tan ri­co co­mo parecía.

Rosario no lo pu­do ter­mi­nar. Lo que es una ex­pe­ri­en­cia nue­va en su vi­da, has­ta que un par de días de­spués ped­i­mos un crum­ble de pera con cus­tard, pero eso es otra his­to­ri­a. Lo de los in­gle­ses no es el postre. Es co­mo si trataran de que les liberes la mesa más rápi­do. Si no lo hacés a tiem­po te traen un­os carame­los con la cuen­ta que son (por ejem­plo) mas­ti­ca­bles sa­bor re­gal­iz, el mis­mo de los carame­los me­dia ho­ra, pero que se te pe­ga en los di­entes y no te aban­dona has­ta que llegás a casa. Lo que puede ll­e­var más de me­dia ho­ra, de he­cho.

Re­peli­dos por los postres, pusi­mos dis­tan­cia em­pren­di­en­do una cam­i­na­ta poco as­tu­ta has­ta St. Paul, creyen­do que no era tan lejos (sí, es lejos). Lleg­amos a St Paul ya tarde, luego de cruzar to­da la City londi­nense sin ver una so­la per­sona vi­va que no es­tu­viera con­ducien­do un au­to. Al pare­cer el peatón noc­turno es una es­pecie ex­tin­ta en es­ta is­la.

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Rosario con St. Paul de fon­do.

Nue­va­mente fuimos en­gaña­dos por Google que nos di­jo que en St. Paul para­ba un colec­ti­vo a Vic­to­ri­a. MEN­TI­RAS. Esa calle es­tá cer­ra­da al trá­fi­co ha­cia el oeste. De­bi­mos cam­i­nar has­ta Man­sion House para tomar el un­der­ground. Por el camino se me ocur­rió es­ta teoría que evi­to cuida­dosa­mente des­men­tir me­di­ante la adquisi­ción de conocimien­to al re­spec­to de que Man­sion House es la casa de un tal Joseph Man­sion, que hi­zo una casa tan lu­josa que des­de ese dia to­das las casas lu­josas ll­e­van su nom­bre.

Recor­ri­do del día:


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Lleg­amos a casa, y des­cansamos.

Dia 5: British Museum, Teatro Equivocado, y Variedades

Sal­imos de casa, de­sayu­namos en la estación, com­pramos más cu­ri­tas para los pies, y ar­ran­camos para el British Mu­se­um. Este fue el primer día en que real­mente hi­zo un calor in­mun­do. Y el British Mu­se­um no tiene aire. No, no es que no tiene aire acondi­cionado, no tiene aire en gen­er­al. Es co­mo ver an­tiguedades aden­tro de un vivero.

Pero bueno, pasamos por una tien­da de cu­a­tro pisos ded­i­ca­da a la ven­ta de paraguas. Que sin­ce­r­a­mente no sé para qué, da­do que en Lon­dres no llueve nun­ca, y el cli­ma es per­ma­nen­te­mente solead­o, de acuer­do a nues­tra ex­pe­ri­en­ci­a, mas al­lá de la in­fun­da­da pro­pa­gan­da france­sa ac­er­ca del mal cli­ma británi­co.

Ob­vi­a­mente lo primero que uno ve al en­trar, es la piedra Roset­ta. Es im­pre­sio­n­ante lo dimin­u­ta que es la caligrafía con la que los an­tigu­os, tan­to egip­cios co­mo asirios, ba­bilo­nios, etc, es­cribían en piedra.

Lo se­gun­do que uno ve, es un grupo de ami­gos ar­genti­nos, que co­mo Lon­dres es un pañue­lo y no hay na­da para ver es­ta­ban en el mis­mo lu­gar.

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Sin haber­lo planead­o, nos en­con­tramos con Silv­ina y su es­poso en un salón de un museo de cin­co hec­táreas, al gri­to de "e­sa es la de face­book" de una ami­ga de Silv­ina.

Sería eter­no de­scribir el con­tenido del British Mu­se­um, pero acá hay fo­tos de al­gu­nas que nos lla­maron la aten­ción.

Lo primero es, el no­table tal­en­to para ro­barse la his­to­ria de los país­es que vis­i­tan los in­gle­ses. Hoy en día, les da vergüen­za y es­tán de­volvien­do parte de lo saque­a­d­o.

Vi­mos las salas egip­ci­as, gr­ie­gas y ro­manas, in­cluyen­do los már­moles del Partenón, con la in­struc­ti­va ayu­da de la guía mul­ti­me­dia que alquilan en el museo.

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Mucha pieza in­valu­able del siglo 18, pero atrasa 5 min­u­tos pibe.

Sal­imos, y des­cansamos un ra­to comien­do sushi de far­ma­cia (sí, en se­ri­o, es mejor de lo que sue­na) en Blooms­bury Square Gar­den­s.

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La vista des­de el ban­co.

Nos fuimos al Play­house The­atre, donde dan Spa­malot, un mu­si­cal para el que habíamos com­pra­do en­tradas, con una ce­na in­cluí­da. Cuan­do lleg­amos a la bo­letería, am­able­mente nos in­for­maron que so­mos un­os zo­quetes y las en­tradas er­an para el día sigu­iente.

En con­se­cuen­ci­a, teníamos en­tradas para otra obra, pero no los pa­pe­les para re­ti­rar­las. Cam­i­namos has­ta Leices­ter Square donde era el teatro donde real­mente de­bíamos ir.

Por el camino vi­mos un restau­rante Hindú, y aprovechamos para ce­nar, y tachar otro país de la lista de gas­tronomías exóti­cas a pro­bar. Comi­mos dos platos de de­gustación cuyos nom­bres no pode­mos recor­dar, pero con­tenían carnes de di­ver­sos mamífer­os cu­bier­tas en es­pe­cias gen­eral­mente de col­or ro­ji­zo. Dice Rosario "es­tu­vo muy bueno". Di­go yo, el ar­roz es­ta­ba más seco que al­go muy sec­o, no me pi­dan analogías di­ver­tidas, es­toy es­cri­bi­en­do es­to a las dos de la mañana.

En la es­quina del teatro es­ta­ba to­do cer­ra­do alrede­dor de una al­fom­bra ro­ja por el es­treno de una pelícu­la que se lla­ma Alan Par­tidge: Al­pha Pa­pa por lo que había que dar un rodeo. Luego me en­teré que en ese preestreno es­ta­ba mi ído­lo per­son­al Stephen Fry, con lo que es­tuve a menos de 50 met­ros de cono­cer­lo. Lo que sue­na muy stalk­er por lo que si Stephen Fry lle­ga a leer es­to: no, no soy un stalk­er le ju­ro que fue ca­su­al­i­dad Señor Fry.

Co­mo teníamos tres ho­ras para matar, comi­mos helado, tomamos café y vi­mos las za­p­atil­las mas asom­brosas en la his­to­ria de la hu­manidad to­da, can­di­datas a en­trar a la colec­ción de Vic­to­ria & Al­bert en los próx­i­mos años.

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Er­an aún más im­pre­sio­n­antes en per­son­a.

La obra era "Mat Ri­car­do's Lon­don Va­ri­eties" que pre­senta­ba su úl­ti­ma fun­ción. Es un va­ri­eté, var­ios números in­conex­os, y muy des­pare­jos. A mí me gustó más que a Rosar­i­o, pero am­bos es­ta­mos de acuer­do que el número de la mejor ban­da de Rock del mun­do es in­de­scriptible.

Mat Ri­car­do, el mae­stro de cer­e­mo­ni­as, dice al prin­ci­pio que es un show en el que va­mos a ver cosas que cuan­do se las ex­plique­mos a nue­stros amigos, nos van a de­cir que men­ti­mos. Por ejem­plo, cuan­do dice es­o, en­tra una boni­ta mo­rocha, tat­u­a­da de piez a cabeza, que hace hu­la mien­tras se in­tro­duce una es­pa­da por la bo­ca, so­bre la cual hace gi­rar un platil­lo.

Si bi­en el platil­lo tiene tru­co (porque tiene una hen­didu­ra donde en­ca­ja la em­puñadu­ra de la es­pada), hay pocas cosas más in­com­pat­i­bles que tra­gar sables y hac­er hu­la.

Pero va­mos a in­ten­tar de­scribir­lo de to­das for­mas. En­tra un fla­co emo, con una gui­tar­ri­ta, hace dos chistes pavotes, y gri­ta "RE­LEASE THE TIGER". Y... sale un gordi­to pe­lu­do, con un leo­tar­do ati­grado, la pan­za flame­an­do en la brisa, y una pan­dere­ta.

A con­tin­uación proce­den a hac­er cov­ers de hits de los 90s muy bi­en can­ta­dos e in­ter­pre­ta­dos, con uno de los pun­tos más al­tos la in­ter­pretación de Mur­mul­lo De­s­cuida­do con la en­trepier­na del señor ti­gre a un­os 20 cm de una po­bre seño­ra may­or que se en­con­tra­ba en la 1ra fi­la.

Cabe destacar que este teatro tiene bares aden­tro de la sala, lo que ayu­da a apre­ciar las bon­dades de los números que al­lí se ofre­cen.

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¿Se creyeron que era jo­da, no?

Hay un mago, hay un con­cur­so de mal­abares que ter­mi­na en un tor­ta­zo, una en­tre­vista que es un plo­mo porque no ten­emos idea de quién era el en­tre­vis­ta­do (pero el públi­co lo­cal parece que sí sabía así ue debe ser famoso), un de­safío de tap, un número con bastón y som­brero y un acró­ba­ta bas­tante im­pre­sio­n­ante.

Sal­imos, con Rosario di­cién­dome "adónde mier­da me tra­jis­te", pero di­ver­tidos, volvi­mos al de­par­ta­men­to ya al día sigu­iente.

Recor­ri­do del día:


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Londres Días 1 y 2

¿Qué pasa si te vas de tur­ista en se­rio con­migo? Bueno, lean, és­to es lo que nos pasó a Rosario y a mí en los primeros 2 días.

Nos fuimos a Ezeiza, sal­imos de la ter­mi­nal nue­va (mu­cho más lin­da), vue­lo 244 de British. Ese vue­lo sale a las 13 de Buenos Aires, y lle­ga a Lon­dres a las 6:20 AM. Este de he­cho llegó an­tes, y co­mo Heathrow no lo de­ja­ba ater­rizar has­ta las 6... bueno, dar vueltas en un avión es com­pli­ca­do para mí. Me mareo por de­fault en casi cualquier medio de trans­porte y de­spués de 13 ho­ras volan­do, es mu­cho.

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El avión! El avión! Señor Roarke! El avión!

Pero bueno, lleg­amos sin ac­ci­dentes.

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Sí, lleg­amos.

Paramos para fu­mar (yo de se­gun­da mano) y nos tomamos el Heathrow Ex­press a Padding­ton. Re­sul­ta que eso no fué una gran idea por var­ios mo­tivos:

  1. Sale una pi­la de pla­­ta

  2. Hay otro tren más bara­­to que tar­­da 45 min­u­­tos

  3. El ex­­press hace que de­spués tomem­os un sub­­te, que no tiene es­­­caleras mecáni­­cas, y nosotros ten­e­mos las val­i­­jas

  4. El otro tren nos de­­ja­­ba a 2 cuadras del de­­par­­ta­­men­­to

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Weeeee! $800 para dos vi­a­jes de tren de 15 min­u­tos! Weeeee!

Pero bueno, lec­ción apren­di­da para la próx­i­ma.

Lleg­amos al de­par­ta­men­to/base de op­era­ciones a dos cuadras de Vic­to­ria Sta­tion, con lo que ten­emos alrede­dor de mil líneas de sub­te, colec­tivo, tren, taxi y demás.

El de­par­ta­men­to es muy boni­to, lu­mi­noso, dimin­u­to (es­per­a­ble) pero equipa­di­to.

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El dep­to. Acá has­ta los gallineros tienen ladrillo vis­to.

Re­sul­ta que una ami­ga de Rosario es­tá de va­ca­ciones con el mari­do, así que los lla­mamos, y ar­reglam­os, nos en­con­tramos en la es­cali­na­ta del Roy­al Al­bert Hal­l. Con la teoría de "si nos quedamos qui­etos no sal­imos más" nos fuimos al su­per a com­prar al­go para el dep­to, volvi­mos, y sal­imos para al­lá cam­i­nan­do:


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El ma­pa tal vez te ha­ga pen­sar que la primera parte cam­inás por el costa­do de los jar­dines de Buck­ing­ham. Si bi­en eso es téc­ni­ca­mente cier­to, en re­al­i­dad quiere de­cir que cam­inás al la­do de una pared de ladrillo y alam­bre de púa, porque ahí vive la reina. De he­cho no hay vis­i­tas guiadas has­ta den­tro de un par de se­m­anas que se va a su castil­lo de ve­r­a­no.

Por Knights­bridge es­tán tien­das de to­das las mar­cas que nun­ca te vas a com­prar. Valenti­no, Burber­ry, Prada, Tiffany, Cartier, etc. Lin­do para ver vidri­eras y de­plo­rar la mala dis­tribu­ción de la riqueza que hace que no me al­canze para com­prar ese pi­lo­to que es­tá buenísi­mo, que es una in­jus­ti­ci­a, che.

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Es­cali­natas.

Nos en­con­tramos con la ami­ga de Rosar­i­o, nos tomamos un café ahí mis­mo, y em­pezamos a cam­i­nar por Ex­hi­bi­tion Road, que ll­e­va al Vic­to­ria & Al­bert Mu­se­um. Co­mo nos pi­ca­ba un poco el bagre, paramos a com­er unas tapas.

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Ray­is, idea para tejer!

Ped­i­mos pulpo, chori­zo, pa­pas bravas, en­sal­adas, y más, muy ri­co

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Es­peran­do las tapas.

El Vic­to­ria & Al­bert es un museo ex­traor­di­nari­o. Es un ed­i­fi­cio an­tiguo, pero re­mod­e­la­do. Tiene piezas des­de la gre­ca an­tigua a la edad me­dia has­ta an­teay­er, cubrien­do una do­ce­na de áreas dis­tin­tas. Es una es­pecie de "grandes éx­i­tos", se puede recor­rer en tres ho­ras, y ves mu­cho, mien­tras que museos más grandes te pasás el día y sen­tís que te perdiste casi to­do.

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El "l­o­go" de Vic­to­ria & Al­bert.

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No en­con­tré en ningu­na parte la de­scrip­ción (o la ex­pli­cación) de esa cosa mar­avil­losa que cuel­ga en la en­tra­da.

Hay mon­tones de fo­tos del museo en la ga­le­ria del 1er día pero acá van al­gu­nas que nos lla­maron la aten­ción.

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La "co­pa de las hadas" y su fun­da mat­er­a.

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Un backgam­mon/a­je­drez/­damas! Las piezas er­an re­tratos de la fa­mil­ia de los dueños.

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El li­bro "Trav­els and Voy­ages in Turkey" de 1567 (mi ver­sión de es­o, un poco más mod­er­na, es­tá en al­gu­na parte de este sitio)

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Un cielor­ra­so de Cre­mon­a. Un día, en 1885, un in­glés es­ta­ba en Cre­mona y vió un cielor­ra­so. di­jo "That's a nice ceil­ing, how much?" lo com­pró y lo llevó a Inglater­ra. Es un her­moso cielor­ra­so y por lo menos no es robado, pero ... co­mo caz­zo llevás un cielor­ra­so de yeso con fres­cos de 3x3 des­de Cre­mona has­ta Lon­dres? Yo no con­seguí que me lleven un plac­ard des­de San Martín a San Isidro sin que se ha­ga po­mada!

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¡An­geli­to con­tento! (es de una fuente, larga­ba agua por el pito)

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"Block­book Bible for the Poor" de 1465. Es un com­ic. En se­ri­o, es un com­ic.

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El poste de Finney. Es un poste. Si quieren saber por qué es­tá en un museo, lean acá

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Reloj "de movimien­to per­petuo". In­móvil.

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"Sausage": porque el arte mod­er­no es una garompa.

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Hay una galería de moldes de yeso y re­pro­duc­ciones de cosas que no es­tán en el museo. Por ejem­plo, la colum­na de Tra­jano, o la puer­ta de la cat­e­dral de San­ti­a­go de Com­postela. ¿Có­mo hacés el molde de yeso de es­ta cosa? porque fí­jense el tamaño de la gente ;-)

De­spués de pasear por el museo, de­cidi­mos tomar al­go fres­co porque es­ta­mos en medio de la may­or ola de calor que los in­gle­ses re­cuer­den en años y años. Hace co­mo 28 gra­dos! O, co­mo le dec­i­mos en San­ta Fe, "tá lin­do pa' un liso en la vereda".

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El bar del museo. Pero nosotros sal­imos al pa­tio...

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Sí, es un museo con una fuente para me­ter las patas. Sí, podés me­ter las patas

De haber­lo sabido no ll­ev­a­ba me­di­as, pero bueno, nos tomamos una limon­ada, nos comi­mos un brown­ie mediocre, y jus­to el museo cier­ra, así que am­able­mente nos di­cen "make your way please" y nos fuimos. Re­gre­so al dep­to en colec­tivo!

Nos des­mayamos, y al día sigu­iente... tem­pran­i­to que los domin­gos es el mejor día para los mer­ca­dos! Tomamos el bon­di para Cam­den Town.

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¡Mar­ble Arch! ¡Que es un ar­co de már­mol! ¡Porque son muy lit­erales!


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Lleg­amos, ve­mos mu­chos puesti­tos de re­meras, vesti­dos, camperas, etc, muchas cosas muy lin­das, aún antes de lle­gar al mer­ca­do mis­mo de Cam­den Lock.

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Dibu­jo en ti­za en la vere­da.

Es un mer­ca­do enorme, lleno de puestos de casi cualquier cosa, y de co­mi­da. De­spués de mi­rar un ra­to largo paramos a com­er. Rosario comió co­mi­da etíope, yo co­mi­da po­la­ca, ninguno de los dos comió el "clas­sic ar­gen­tini­an choripán" que vende un ladri ar­gen­to.

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No la ped­i­mos. Una opor­tu­nidad per­di­da?

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¡Está bue­na la co­mi­da etíope!

Seguimos pase­an­do, lleg­amos al Horse Tun­nel, que ll­e­va a otro mer­ca­do en lo que er­an un­os es­tablos, llenos de es­tat­uas de ca­bal­los, her­reros, car­ros, etc.

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Ca­bal­los ev­ery­where.

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Para que vean que yo tam­bién es­toy, eh?

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¿La cosa más hor­ri­ble del mer­cado? ¡Tal vez!

Rosario se hi­zo dar un masaje por un chi­no, porque es­ta­ba con do­lor de es­pal­da, seguimos pase­an­do com­pramos muchas cosas, nos dió ham­bre de nue­vo.

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Ham­bur­gue­sas de camel­lo, coco­drilo, can­guro o gace­la? Camel­lo con que­so por­fis.

Sí, yo me comí una ham­bur­gue­sa de camel­lo (me­diocre­), Rosario al­go de pa­to (ex­ce­len­te, me dice, aunque no me con­vidó, guacha), com­pramos un ra­to más, se nos acabó el mer­cado, y era tem­pra­no. ¿Que hace­mos? Nos va­mos a otro mer­ca­do


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Ese recor­ri­do es aprox­i­ma­do porque el colec­ti­vo tenía el recor­ri­do mod­i­fi­ca­do por obras, nos ba­jamos, hici­mos una com­bi­nación, nos perdi­mos un poco, etc. Ter­mi­namos en la igle­sia de St. Botolph y de ahí cam­i­namos un po­quito y lleg­amos a Spi­tal­fields jus­to cuan­do em­pez­a­ban a cer­rar (porque acá to­do cier­ra ridícu­la­mente tem­pra­no).

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¡Lin­do!

De to­das for­mas Rosario se con­sigu­ió un tapa­di­to li­viano que le que­da muy muy bi­en (es un mer­ca­do de dis­eño) y de golpe se es­cucha una voz di­cien­do "ev­ery­thing must go, ev­ery­thing for a pound!". La seguimos y en­con­tramos un puesto de pas­tries. Co­mo el mer­ca­do só­lo abre los domin­gos, lo que no venden se tira. Y antes de tirar­lo, lo venden uy bara­to. No voy a dar de­talles pero si com­binás eso con una seño­ra 50% tur­ca, ter­minás ll­e­van­do dos bol­sas enormes de co­mi­da por 10 li­bras.

Mi­ramos un ra­to más, sal­imos, nos va­mos a tomar un café hela­do a la som­bra de ooootra igle­si­a.

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Te diría co­mo se lla­ma, pero no me acuer­do.

Y ahí sucede la catástrofe. Le pre­gun­ta­mos a google co­mo volver. Dice "te vas a Aldgate acá a 4 cuadras y te tomás el sub­te". MEN­TI­RA. Esa línea de subte es­ta­ba cer­ra­da to­do el fin de se­m­ana. Así que cuan­do Aldgate es­tá cer­ra­da mi­ramos el ma­pa y de­cidi­mos cam­i­nar has­ta la estación de Whitechapel. Cuan­do lleg­amos al­lá... tam­bién es­ta­ba cer­rada, porque es la mis­ma línea y no leí­mos bi­en los carte­les. Oop­s.


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Pero bueno, si no lo hu­bier­amos he­cho no hu­bier­amos vis­to las ofic­i­nas del Sr. Gar­cha, abo­gado:

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Acá los abo­ga­dos pueden ser "so­lic­i­tors" o "bar­ris­ter­s", la difer­en­cia es que los bar­ris­ters van a la corte, los so­lic­i­tors ha­cen pa­peleo. Y sí, este es un so­lic­i­tor que se lla­ma Gar­cha.

Al fi­nal, de­cidi­mos volver en tax­i, nos des­mayamos, y es­ta his­to­ria con­tin­uará.

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Cuan­do Rosario vio por primera vez el Big Ben.

Más fo­tos de es­tos dos días acá

Heartless (Parasol Protectorate, #4)

Review:

It feels like the se­ries is get­ting in a bit of a rut, which is nor­mal con­sid­er­ing it's the 4th book al­ready. Start­ing the 5th tonight!

Crecer Nerd (Parte 1)

Ten­go una me­mo­ria de mier­da. Me acuer­do de to­do.

Me acuer­do del gus­to ho­rren­do de la va­cu­na Sa­bin contra la po­lio, que me die­ron con un te­rrón de azú­car en la vie­ja Es­cue­la Sar­mien­to en 1974. Me acuer­do de la pá­gi­na en la que es­ta­ba en un li­bro del cuer­po hu­ma­no la úl­ti­ma vez que es­tu­ve en esa bi­blio­te­ca. Me acuer­do que en el pa­tio ha­bía una es­ta­tua de bron­ce, que su co­do iz­quier­do de­ja­ba un agu­je­ro por el que pa­sa­ba jus­to mi ma­no, y que atrás ha­bía una puer­ta que da­ba al Mi­cro Ci­ne, pe­ro es­ta­ba siem­pre ce­rra­da. El te­ma es que no me acuer­do cuan­do pa­sa­ron las co­sas, y no me las acuer­do en or­den, ten­go flas­he­s, ha­cer fi­la es­pe­ran­do salir y ver un se­má­fo­ro de tel­go­por arri­ba de un ar­ma­rio, es­pe­rar que cam­bie las lu­ce­s, sin dar­me cuen­ta que es de men­ti­ra, mi ma­es­tra de se­gun­do to­can­do la gui­ta­rra, tra­tar de co­rrer ha­cien­do una hé­li­ce con el bra­zo de­re­cho.

Ano­che es­ta­ba vien­do una pe­lícu­la y al ter­mi­nar pen­sa­ba, hay gen­te a la que es­ta pe­lícu­la le va a pa­re­cer ma­lí­si­ma, y hay otra (co­mo yo) a la que le va a pa­re­cer bue­ní­si­ma. Y es por­que so­mo­s, en al­gún lu­gar aden­tro, com­ple­ta­men­te dis­tin­to­s. Hay al­go aden­tro mío que ellos no tie­nen, o vi­ce­ver­sa. Y creo que vie­ne de co­mo cre­ce ca­da uno, vie­ne de al­re­de­do­r, es al­go que lo fui­mos ab­sor­bien­do des­de chi­co­s, y só­lo se lo ab­sor­be si es­tá ahí, las es­pon­jas en el de­sier­to es­tán to­das se­ca­s, por­que no hay agua, no por una in­na­ta con­di­ción hi­dro­fó­bi­ca. Y hoy en día es ra­ro, por­que to­do es­tá en to­dos la­do­s, pe­ro­... es­to que es­toy es­cri­bien­do, que oja­lá me dé el cue­ro pa­ra se­guir­lo 1 es un po­co con­tar eso, qué ha­bía al­re­de­dor mío, allá le­jo­s, cuan­do lo úni­co que ha­bía al­re­de­dor de uno era lo que es­ta­ba ahí. Más o me­no­s.


Me acuer­do el mo­men­to en que leí.

Sin leer me gus­ta­ba mi­rar re­vis­ta­s, y me in­ven­ta­ba las his­to­ria­s. Creo re­cor­dar que era una de Pi-­Pío en un Bi­lliken (en ca­sa nun­ca se com­pró Ante­oji­to) y de gol­pe esos glo­bos blan­cos con ra­yi­tas ne­gras aden­tro de­cían al­go. Y me de­cían que era lo que es­ta­ba pa­san­do en la his­to­rie­ta. Re­cuer­do una mo­men­tá­nea des­es­pe­ra­ció­n, una fu­ria contra el atre­vi­mien­to de esas mar­qui­tas sa­cán­do­me el de­re­cho de de­ci­dir qué era lo que es­ta­ba pa­san­do. Nun­ca más so­por­té a Pi-­Pío, co­mic mal di­bu­ja­do y con his­to­rias abu­rri­da­s, mar­ca­da­men­te in­fe­rio­res a lo que sea que yo me ima­gi­na­ba.

Di­ce el ru­mor que me en­se­ñó a leer mi her­ma­no, que es­ta­ba ter­mi­nan­do pri­mer gra­do, pe­ro no me cons­ta. Mis vie­jos siem­pre di­cen que ellos no lo hi­cie­ro­n, en el co­le­gio no lo apren­dí por­que, bue­no, no iba a cla­ses to­da­vía, así que gra­cias San­tia­go, de­bés ha­ber si­do vo­s, me vie­ne sir­vien­do.

Un de­ta­lle es que yo te­nía tres año­s. Tres y me­dio, po­né­le, y era un enano de un me­tro, y leía. En­ton­ces mi vie­jo una vez le apos­tó a un co­no­ci­do ca­ni­lli­ta (que te­nía un pro­gra­ma de ra­dio) que yo po­día leer cual­quier co­sa, y el ti­po me dió un li­bro en in­glé­s... que pro­ce­dí a leer co­mo se pu­die­ra, creo que la apues­ta la ga­nó pa­pá.

Pe­ro bue­no, vol­vien­do a lo de lee­r, pa­pá y ma­má eran los do­s, en esa épo­ca, vi­ce­di­rec­to­res de es­cue­la. Es un car­go in­te­re­san­te, no sos el di­rec­to­r, así que no te­nés to­das las res­pon­sa­bi­li­da­des, pe­ro no te­nés que dar cla­ses, así que te­nés tiem­po li­bre. Co­mo es un car­go di­rec­ti­vo ga­nás un po­co má­s, pe­ro no co­mo pa­ra te­ner ni­ñe­ra y de­jar a los chi­cos en ca­sa, así que yo me crié en es­cue­la­s. Creo que des­de los dos año­s, me da­ban de co­mer las por­te­ras y las co­ci­ne­ras de los co­me­do­res, va­ga­ba por los pa­si­llo­s, y me me­tía en prees­co­lar pa­ra ju­gar a al­go 2

Ya sa­bien­do lee­r, se vie­ne mar­zo, se aca­ba el ve­ra­no, y me me­ten en pri­mer gra­do a los tres año­s, con la com­pli­ci­dad de un ins­pec­tor ami­go­te de mi vie­jo, un tal En­ría, que hi­zo el pa­pe­leo pa­ra au­to­ri­zar­lo, y así co­mien­za una no muy dis­tin­gui­da ca­rre­ra es­co­lar que du­ra­ría los si­guien­tes vein­te año­s, más o me­no­s. Es­tar en pri­mer gra­do dos años an­tes tu­vo un efec­to se­cun­da­rio in­te­re­san­te: me con­ven­ció de que el de­por­te no era lo mío. Des­pués de to­do, mis com­pa­ñe­ros eran to­dos más fuer­tes, rá­pi­do­s, y coor­di­na­do­s. Así que si que­ría ser al­go es­pe­cia­l, no se­ría por ese la­do. Y leí.

De­bo ha­ber leí­do, mien­tras es­ta­ba en la pri­ma­ria, unas seis o sie­te en­ci­clo­pe­dias (no en­te­ra­s! 3) pe­ro la pri­me­ra... la pri­me­ra fue es­ta:

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El 90% de lo que sé, se lo de­bo a una pi­la si­mi­lar de fas­cí­cu­lo­s.

Mis vie­jos nos com­pra­ban una en­ci­clo­pe­dia en fas­cí­cu­lo­s, la "En­ci­clo­pe­dia Dis­ne­y", que era (o por lo me­no­s, así la re­cuer­do­), ma­ra­vi­llo­sa. Ca­da fas­cí­cu­lo pa­re­cía no te­ner la más mí­ni­ma co­ne­xión con los de­má­s. Te­nía co­sas de mi­to­lo­gía grie­ga, de mi­ne­ra­lo­gía, de tec­no­lo­gías di­ver­sas, de his­to­ria, a ve­ces con per­so­na­jes de Dis­ney in­ter­ca­la­do­s, su­pon­go que pa­ra que fue­ra, real­men­te, una en­ci­clo­pe­dia Dis­ne­y, pe­ro­... lo am­plio de los te­mas era lo me­jo­r, por­que si uno po­día en­tre­te­ner­se le­yen­do so­bre ca­si cual­quier co­sa... bue­no, en­ton­ces no ha­bía mo­ti­vo pa­ra no leer­la, no?

Me acuer­do de Gi­ro Sin­tor­ni­llos 4 in­ven­tan­do una má­qui­na del tiem­po, pe­ro ob­via­men­te no se po­día usar en la tie­rra por­que acá siem­pre hay co­sas mo­vién­do­se y no ha­bía que cam­biar na­da, en­ton­ces ha­bía que ir al es­pa­cio a usar­la, y Ri­co McPa­to vol­vía al pe­río­do car­bo­ní­fe­ro pa­ra ver si ha­bía al­go que pu­die­ra ha­cer pa­ra me­jo­rar sus mi­nas de car­bó­n.

Me acuer­do de los vikin­gos co­mo des­cu­bri­do­res de Amé­ri­ca. Con Eric el Ro­jo y Goofy el Ver­de 5 via­jan­do a Vin­lan­d, y que el la­tex es la savia de una plan­ta, igual que la miel de ma­ple, y que el ám­ba­r.

Me acuer­do del mie­do que me da­ba la his­to­ria de la his­to­ria de Hércu­le­s, con ser­pien­tes en su cu­na in­ten­tan­do ma­tar­lo, los do­ce tra­ba­jo­s, y so­bre to­do, su muer­te 6 ,de la his­to­ria de Te­seo, de los tri­bu­tos a Cre­ta, del fi­nal don­de aban­do­na a la mu­jer que trai­cio­nó a su fa­mi­lia pa­ra sal­var­lo, en una is­la de­sier­ta.

Me acuer­do de los di­no­sau­rio­s, de los ca­ver­ní­co­la­s, de la se­l­va, del de­sier­to.

Y me acuer­do, cla­ri­to, de que acá es don­de leí, por pri­me­ra ve­z, acer­ca de las com­pu­ta­do­ra­s. Pe­ro eso es otra his­to­ria pa­ra más ade­lan­te.


1

Me pon­go el "par­te 1" en el tí­tu­lo pa­ra obli­gar­me 8

2

Creo que al­re­de­dor del 90% de mi pri­me­ra in­fan­cia con­sis­te en co­sas que hoy son ile­ga­les y/o ha­rían que mis vie­jos per­die­ran la te­nen­cia.

3

Aun­que es­tan­do en 2do gra­do hi­ce un in­ten­to de leer un dic­cio­na­rio de bol­si­llo, y lle­gué has­ta la D.

4

O fué Lu­dwig von Pa­to? ¡Qué du­da! ¿Se dan cuen­ta que en el uni­ver­so Dis­ney hay dos cien­tí­fi­cos lo­cos bue­no­s?

5

Le de­cían el ver­de por­que se ma­rea­ba en el ma­r.

6

De me­mo­ria, di­rec­to de 1974: Un cen­tau­ro (Ne­so) se­cues­tra a la mu­jer de Hércu­les (De­ya­ni­ra). Hércu­les lo ma­ta de un fle­cha­zo. Mien­tras ago­ni­za, Ne­so le di­ce a De­ya­ni­ra que una tú­ni­ca em­be­bi­da en su san­gre ga­ran­ti­za­rá el amor eterno de Hércu­le­s. 7

In­se­gu­ra del amor de su es­po­so, ella lo ha­ce, pe­ro la tú­ni­ca se pe­ga a la piel de Hércu­le­s, y le ge­ne­ra in­men­so do­lo­r, pe­ro no pue­de qui­tár­se­la sin arran­car­se su pro­pia pie­l. Ella, al ver lo que hi­zo, se ma­ta, y él le pi­de a sus ami­gos que pren­dan una ho­gue­ra y se arro­ja al fue­go, sui­ci­dán­do­se.

Sí, Dis­ne­y, en 1974, po­nía esas his­to­rias en li­bros pa­ra chi­co­s.

7

Sí, De­ya­ni­ra es la per­so­na más idio­ta de to­da la mi­to­lo­gía grie­ga. Idea al­ter­na­ti­va: De­ya­ni­ra es­ta­ba ena­mo­ra­da de Ne­so, sa­bía lo que su san­gre ha­ría, se ma­ta pa­ra evi­tar el cas­ti­go.

8

Siem­pre pue­do ha­cer la gran Mel Brooks y de­jar­los es­pe­ran­do, pa­ra siem­pre, la ver­sión com­ple­ta de "Ju­díos en el es­pa­cio­".


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