Lanata, largá el faso.

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Ayer Jorge Lanata, que siempre me cayó bien, y a quién siempre acompañé en sus aventuras editoriales (¡Compré su libro de relatos! ¡Extraño Crítica! ¡Me gustaba Silvina Chediek!) dijo una pelotudez bastante importante.

Lo chicanearon con aplicarle no sé que multa por fumar en un estudio de televisión, lo que está prohibido por ley. Entonces hizo un berrinche y dijo "voy a dejar de fumar cuando ustedes dejen de robar", seguido de explicaciones de cómo él no le hace mal a nadie, etc etc.

Supongamos que no le hace mal a nadie. Supongamos que "ellos" roban y no paran. ¿Y? ¿Qué pasa? No pasa nada, excepto que Lanata se da el gusto de no tener que parar de fumar dos horas. No hace ninguna diferencia excepto para él. Y mientras tanto seguiría rompiendo la ley, que es tan ley como la que prohíbe robar, ya que estamos.

Decir esa boludez que dijo Lanata es como hacer una huelga de morfi, o sea lo opuesto de una huelga de hambre. Es prometer no prenderse fuego hasta que los yanquis se vayan de Vietnam, es prometer comerse un chori todos los días hasta que el Tibet sea libre, es comer ensalada de cetáceo hasta que se salven las ballenas.

Si uno se va a poner en adalid de la ética (cosa que yo trato de no hacer porque es un laburo jodido, justamente), no puede dar pie, no puede dejarla picando, porque si la deja servida se la mandan a guardar. Lanata, la dejás servida. Largá el pucho. Pensá un rato. Después criticá.

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