Some things don't translate well

Corriendo en la lluvia con Tato, pasó lo inevitable. Pisé una baldosa floja y me empapé la otra pierna. Como dice el tango "igual que baldosa floja, salpico si alguien me pone el pie". Y porque tengo que pensar todo el día en inglés por el laburo, mi software cerebral de traducción instantánea se tildó.

¿Como miércoles le haría entender esa frase a un estadounidense? Es casi imposible. Allá nadie camina, menos abajo de la lluvia. Casi no hay veredas. Las veredas que hay no son de baldosas. Las baldosas seguramente no estarían flojas.

Para poder traducir algo, no alcanza con traducirlo, hay que traducirlo y que quede algo que habría dicho alguien en el idioma de destino. Para que signifique lo mismo, tendría que estar hablando de algo que podría pasarle, por ejemplo, a un argentino y a un ruso, a un bosquimano y a un lapón. Sospecho que no es posible traducir en general. Que lo que vemos por ejemplo en este blog, que intenta, los demás días, ser bilingüe, es una colección de casos particulares más o menos afortunados.

Hace un tiempo empecé a traducir una novela de Cory Doctorow (lean acá si quieren) y abandoné porque al releer lo que escribí, no parecía una novela de Doctorow, parecia otra cosa, una cosa peor. Y no vale la pena leer cosas peores.

Y de esa forma cuando programo el programa nunca es lo que yo quise, es una versión peor, escrita en un lenguaje extranjero, por un no-nativo. Programar es traicionar la visión para producir lo tangible. Escribir es más o menos lo mismo. Hablar es más o menos lo mismo. Ni siquiera mi voz que vos escuches es mi voz que yo escucho.

Vivimos cada uno encerrados en un iglú, tratando de charlar con mapuches que nos miran a través del hielo. A veces funciona. Saludos.

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